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EL TRABAJO DE LOS EMIGRANTES ECUATORIANOS SEGÚN LA FICCIÓN NOVELESCA

Yovany Salazar Estrada, Ph.D.

Doctor en Filosofía en un mundo global

, (España).Doctorando en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Complutense de Madrid. Docente de la Carrera de Lengua Castellana y Literatura de la Universidad Nacional de Loja.

ysalazarec2002@yahoo.es


Recibido: 13 de febrero de 2015.

Aceptado: 10 de julio de 2015.

 

RESUMEN

 

Se propone fundamentar, ejemplificar y analizar las actividades laborales de los emigrantes ecuatorianos en los Estados nacionales del Hemisferio Boreal, de manera preferente Estados Unidos y España, conforme se recrea en las novelas ecuatorianas que se han elaborado en torno a esta problemática sociológica; con el empleo de la metodología y técnicas propias de la investigación bibliográfico documental se concluye que existe una amplia y detallada representación de los trabajos que desempeñan los emigrantes ecuatorianos, los cuales casi siempre son los más duros, inseguros y peor remunerados, aunque los emigrantes tengan formación y títulos universitarios expedidos por las universidades del país de origen; se representa, asimismo, la prostitución a que se ven avocadas algunas mujeres emigrantes, por su alta vulnerabilidad y como última y desesperada alternativa para generar los ingresos económicos que les permitan sobrevivir; y, la permanente amenaza del desempleo, que afecta a un gran segmento de emigrantes ecuatorianos, quienes cuando no pueden obtener los recursos para satisfacer las necesidades básicas tienen, incluso, que mendigar comida y albergue.

Palabras clave: desempleo, novela ecuatoriana, novela sobre migración, prostitución, trabajador migrante.


ABSTRACT

It proposes to base, exemplify and analyze the work activities of Ecuadorian immigrants in the national states of the Boreal Hemisphere, preferably United States and Spain, as it is recreated in the Ecuadorian novels that have been developed around this sociological problem; with the use of the methodology and proper techniques of the bibliographic documentary research,it concludes that there is a comprehensive and detailed representation of the work performed by the Ecuadorian immigrants, which are almost always the hardest, insecure and poorly paid, although migrants have training and degrees awarded by universities in the country of origin; it also represents prostitution thatsome migrant women take up, because of their high vulnerability and as a last and desperate economic alternative to generate income to survive; and, the constant threat of unemployment, which affects a large segment of Ecuadorian immigrants, who when they can not get the resources to satisfy basic needs, they have even to beg for food and shelter.

Keywords: unemployment, ecuadorian novel, novel on migration, prostitution, migrant worker.

INTRODUCCIÓN

El fenómeno sociológico de la migración en el Ecuador ha sido recreado en diversos géneros literarios: poesía, teatro, ensayo, crónica y testimonio, cuento y novela. En esta última forma de expresión literaria, la problemática de la migración interna fue asumida por los escritores ecuatorianos desde los inicios del Siglo XX, conforme lo patentizan cuatro obras que tienen como temática central el desplazamiento poblacional dentro del país: A la Costa (1904), del pionero del realismo social Luis A. Martínez (1869-1909); El éxodo de Yangana (1949), del mejor narrador del chazo lojano y el habitante de la Región Sur del Ecuador Ángel Felicísimo Rojas (1909-2003); Los hijos (1962), del narrador cuencano Alfonso Cuesta y Cuesta (1912-1991); y El retorno (2013), del escritor lojano Aquiles Hernán Jimbo Córdova.

En este mismo género narrativo, la alusión a la problemática de la emigración internacional desde Ecuador, en dirección a Estados Unidos de Norteamérica y otros países del Hemisferio Boreal, se inicia con El Muelle (1933), del multifacético escritor guayaquileño Alfredo Pareja Diezcanseco (1908-1993); más de setenta años después continúa con El Inmigrante (2004), de Gonzalo Merino Pérez (1939); El sudaca mojado (s.f.), de Mauricio Carrión Márquez; y, Los hijos de Daisy (2009), de Gonzalo Ortiz Crespo (1944) (Salazar, 2013, pp. 73 y ss.).

En correspondencia directa con el estrepitoso incremento de la emigración desde Ecuador hacia España advendrán las novelas, cuyas tramas narrativas giran, de manera exclusiva, en torno a esta problemática de fondo: Camas calientes (2005), del profesor quiteño Jorge Becerra (1944); La memoria y los adioses (2006), del escritor cuencano Juan Valdano Morejón (1940); Trashumantes en busca de otra vida (2012),  del intelectual lojano Stalin Alvear (1942); La seducción de los sudacas (2010), del prolífico y laureado narrador, también lojano, Carlos Carrión Figueroa (1944), aún inédita; y, dos de las siete historias (novelas cortas) derivadas de esta voluminosa ficción novelesca, que ya han sido publicadas: La utopía de Madrid (2013) y La mantis religiosa (2014) (Salazar, 2014, pp. 18-19).

Desde una perspectiva crítico valorativa, en cambio, aún no existe un estudio de conjunto que analice, valore e interprete el aporte de estas novelas a la literatura y la cultura del Ecuador y Latinoamérica, motivo por el cual se justifica la elaboración de un trabajo que, de entre las múltiples etapas del proceso emigratorio fundamente, ejemplifique y analice los trabajos que tienen que cumplir los emigrantes, incluida la prostitución que ejercen algunas mujeres emigrantes y la amenaza del desempleo que, de manera permanente, resta tranquilidad y sueño a los emigrantes en los países de destino, conforme se representa y recrea en las novelas ecuatorianas seleccionadas como objeto de análisis.

METODOLOGÍA

Para la elaboración del trabajo se hizo uso de la metodología propia de la investigación bibliográfico documental. En la recolección de la información requerida se acudió a dos tipos de fuentes: las primarias, que comprenden los textos de las novelas ecuatorianas sobre la emigración internacional que han sido seleccionadas como objeto de análisis. Entre las fuentes secundarias se empleó las obras de fundamentación teórico conceptual en torno a la migración internacional y, especialmente, las referidas a los trabajos de los emigrantes en el país de destino, el desempleo que los amenaza de manera permanente y el ejercicio de la prostitución, por parte de algunas emigrantes ecuatoriana en los Estados nacionales de recepción.

La secuencia metodológica empleada para elaborar el contenido central del ensayo se puede resumir así: se inició con la lectura analítica, comprensiva y crítica de las novelas ecuatorianas seleccionadas; luego se leyó la información referida al trabajo de los emigrantes, desempleo y ejercicio de la prostitución de las mujeres emigrantes en los países de recepción; para, en un tercer momento, proceder a la ejemplificación y análisis de la representación de las tres problemáticas estudiadas, en las novelas ecuatorianas investigadas.

Para concretar el proceso de búsqueda y recuperación de la información requerida, en el Ecuador, se consultó las bibliotecas de las universidades públicas y privadas de las ciudades de Quito, Guayaquil, Cuenca y Loja; y, en España se acudió a la Biblioteca Nacional de España, Biblioteca Hispánica de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y bibliotecas María Zambrano y de las facultades de Filología y Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

Los trabajos que desempeñan los emigrantes ecuatorianos

En Estados Unidos, de acuerdo con los datos proporcionados por el Censo del año 2000, las mujeres ecuatorianas emigrantes, en cuanto a ocupación laboral, se distribuían de la siguiente manera: 20% en fábricas textiles, 15% en servicios domésticos, 10% en servicios alimentarios y el 55% restante ocupaba una amplia gama de oficios. Los hombres, en cambio, se insertan en la rama de la construcción en un 20%, el 25% en la industria de servicios alimenticios y el 55% restante en otras múltiples ocupaciones (Herrera, 2006, 207).

En términos generales, al hacer referencia a las actividades laborales de los ecuatorianos emigrantes en España, las investigaciones realizadas concluyen que, aunque tengan estudios superiores y hasta títulos universitarios, así como los papeles en regla, solo obtienen empleo en unas pocas actividades, preferentemente del sector secundario de la economía: construcción, servicio doméstico y cuidados personales (ancianos, niños, enfermos), agricultura, hostelería (bares, restaurantes, etc.), correspondiendo siempre a las categorías inferiores en la escala jerárquica de distribución de los puestos de trabajo (Palazuelos, 2009, 12).

Esta distribución de las actividades ocupacionales en los países de destino tiene su explicación, por cuanto los inmigrantes siempre parten de una desventaja laboral respecto de los nativos, diferencia de oportunidades que se expresa con una amplia gama de matices: “(…) sobre la que influye su procedencia y sus caracteres étnicos y fenotípicos así como el tipo de vinculación histórica que los relacione con España y con sus países de origen” (Tello, 1997, 17).

En la emigración de ecuatorianos a España, por el tipo de relaciones que han mantenido estos dos Estados nacionales, la situación no se queda ahí, pues, como dice el profesor italiano Iain Chambers, desde las metrópolis modernas “los mercados de trabajo semiclandestinos emplean las manos, los cuerpos y cerebros de los ex colonizados que proporcionan servicios de baby-sititing, porterías, prostitución, venta callejera, negocios de trabajo duro y trabajo rural de temporada” (Chambers, 1995, 151). 

Lo hasta aquí expresado corresponde al ámbito sociológico, porque al adentrarse en las historias de las novelas analizadas se advierten realidades laborales muy difíciles. Antenor, el protagonista de El inmigrante, por ejemplo, mientras no encontraba un trabajo digno que le permitiera sobrevivir se dedicó a recoger botellas de plástico de los basureros de la ciudad de Nueva York, para venderlas en los grandes supermercados de esta metrópoli: “Con el bolso en el hombro y sombrero puesto, recorría vereda por vereda, tacho por tacho. Cuando ya lleno, lo entregaba a los supermarkets y recibía la paga a cinco centavos por envase” (Merino, 2004, 36).

Después de algunos meses de sobrevivir con los pocos ingresos que le generaba esta actividad le surge la idea de elaborar hot dogs, los famosos “perros calientes” en Ecuador y venderlos en una carretilla, actividad que ya la había realizado en la ciudad de Guayaquil, antes de emigrar. En el pequeño negocio informal y por cuenta propia le va bien; sin embargo, advienen las dificultades porque no tenía el permiso de residencia y menos aún contaba con el de trabajo, por lo que emprende la búsqueda de una nueva actividad que le permita sobrevivir e ingresa como operario en una mecánica de Mr. Killer. Los ingresos que percibe por esta nueva actividad laboral, ahora en relación de dependencia, no son malos, pero no por ello deja de llevar una vida austera, gasta apenas lo indispensable y el resto lo envía a su familia en el Ecuador, con indicaciones precisas de cómo se debe distribuir: “De las remesas de dinero, parte la destinarían a los gastos de subsistencia y el saldo a fomentar una cuenta bancaria. Antenor hacía quedar únicamente lo imprescindible para sobrevivir” (Merino, 2004, 50).

En El sudaca mojado se ratifica, asimismo, que los trabajos que desempeñan los emigrantes ecuatorianos se ubican en los niveles más bajos de la escala de distribución social y jerarquizada y las remuneraciones que perciben por ellos son las mínimas; por esta razón se ven obligados a trabajar en dos y hasta en tres actividades laborales, conforme se manifiesta en la misiva que dirige Agapito Blanco a su amigo Ignacio Oros, mientras éste permanece en el país de origen:

Limpio el departamento del Lic. Tulio (…) también me dio una chamba para ganarme unos euros limpiando cinco veces por semana los pisos y servicios higiénicos de la Embajada. Entre los dos trabajos me gano unos 550 euros; pago por un puesto en un piso compartido con otros cinco compatriotas 100 euros, por el colchón para dormir (Carrión, s.f., 112).

La condición de “ilegales” les obliga a aceptar cualquier trabajo, el que se les presente, por más duro o humilde que este fuera; pues como lo relata una ciudadana española que conoce de este fenómeno social, relacionado con la sobre-calificación profesional de la mano de obra de las emigrantes ecuatorianas:

(…) la mayoría de mujeres que conocía no pasaban de los 28 años de edad y que según los papeles que ella había leído en las solicitudes de trabajo, un gran porcentaje tenían estudios superiores, otras graduadas de periodistas y las hubo arquitectas que buscaban trabajo ´más que sea en el servicio doméstico´ (Carrión, s.f., 160).

Esta misma condición de “ilegales” o indocumentados convierte a los emigrantes en personas muy vulnerables a los abusos de algunos empleadores españoles:

El jefe español gozaba de la alegría por aquella competencia que daba resultados en el trabajo y mentalmente elaboraba la lista para contratar para la próxima jornada de limpieza al personal, la mayoría de trabajadores eran ilegales y se contentaban con ganar lo que la compañía de limpieza pagaba (Carrión, s.f., 170).

En Madrid, algunas de las emigrantes ecuatorianas que se incorporan al servicio doméstico lo hacen en condición de internas, cuando viven y trabajan en el domicilio de los empleadores y, por las relaciones jerarquizadas y la falta de libertad que se mantienen en esta modalidad de trabajo, se asemeja más a la servidumbre; o de externas, que laboran por horas con una familia y lo hacen así en varias casas, sin vivir en ninguna de ellas. En cuanto al primer grupo, las internas hacen todas las actividades que involucra el trabajo reproductivo de la familia: “(…) limpieza, cuidado de niños y ancianos, más aún cuando las mujeres inmigrantes tienen un alto grado de formación profesional, preferentemente en el sector de la enseñanza, se obtiene un plus valor para la educación de sus hijos” (Pedone, 2006, 283), con lo que los patrones españoles obtienen varios servicios por una sola remuneración.

En Camas calientes, María Eugenia, cuando arribó a España tuvo que trabajar de empleada doméstica, hacer todas las actividades que se requerían dentro de la casa y, con la dedicación y humildad exigidas, aprender a sobrellevar las dificultades del trabajo y adoptar el tipo de comportamiento que era necesario para conservar el trabajo y la remuneración que de él provenía:

(…) aprendí a preparar los platos de la cocina española, cuidar a los niños, hacer la limpieza y las tareas de la casa; principalmente aprendí a tratar a la gente (…) muchas veces tuve que tragarme mi orgullo, no quedaba más, si quería mantener trabajo y sueldo” (Becerra, 2005, 41).

Daniela, la protagonista principal de la novela, cuando sale del locutorio, en donde laboró por algunos meses, tiene que trabajar de interna, en donde como ella misma dice: “(…) allí, mis funciones eran las de cuidar de los hijos de la familia de Eduardo e Iruñe Lamas: Paloma de dieciocho, Sara de doce y Luisito, de seis” (Becerra, 2005: 149). Tiempo después se emplea para cuidar a una anciana que se encontraba internada en un sanatorio, por pedido de los hijos de ésta, quienes la vienen a visitar una vez al mes y buscan lo que sea más económico: “(…) que ellos la contrataron para que cuide de lunes a viernes, entre las doce del día y las 8 de la tarde (…) hay familias que prefieren tener cuidadoras particulares, porque nos pagan menos que a una enfermera” (Becerra, 2005, 212).

En estrecha relación con las historias novelescas hasta aquí narradas, uno de los personajes protagónicos de La seducción de los sudacas, de Carlos Carrión, luego que abandona un trabajo por los malos tratos que recibía, tiene que cuidar a una anciana y hacer las actividades que los españoles no aceptan: “Debo llevarla al baño de un brazo, pasito a pasito, remangarle la falda, bajarle las bragas y sentarla. Después limpiarla, todo, madre mía, limpiarla. Y lo peor, acompañarla mientras hace del cuerpo, porque se muere de miedo sola” (Carrión, 2010, 150).

Respecto de los emigrantes ecuatorianos que, en España, trabajan en la agricultura es necesario destacar que, con una tradición hortofrutícola, Murcia ha pasado a ser, en las últimas décadas, una región especializada en la producción de bienes alimentarios de calidad para la exportación. Murcia es hoy “la huerta de Europa”, lo que implica altos niveles de eficiencia y una organización sofisticada, que hagan posible una comercialización inmediata de los productos “en fresco”: “¡de la huerta a Europa!” exclaman orgullosos algunos agricultores murcianos (López, en Herrera, 2005, 208).

Y en esta “huerta de Europa” trabajan muchos emigrantes ecuatorianos, padeciendo una verdadera “degradación ocupacional”; puesto que si bien el 50% “eran profesionales, técnicos y/o estudiantes universitarios” y de ese porcentaje más del 55% pertenecen al sector de la educación, en el campo murciano tienen que trabajar como jornaleros, bajo condiciones de un mercado desregulado y flexible, es decir que reciben bajos salarios, en el contexto del mercado laboral de España y sin ninguna seguridad social, más aún si se trata de trabajadores ilegales (Martínez, 2004, 7).

Las reflexiones antes enunciadas fundamentan el hecho de que en La memoria y los adioses, José Hipólito, el personaje protagónico, mientras trabajaba en las duras labores agrícolas del campo murciano, no obstante tener estudios universitarios, el olor de la tierra mojada lo lleva a los recuerdos de la infancia en el Ecuador: “Pensé en mi finado abuelo y en la casa solariega tan lejanos y ya perdidos para siempre…” (Valdano, 2006, 68).

Clara Aponte desempeña, asimismo, los trabajos que están destinados para los compatriotas emigrantes, esto es, labores de obrera agrícola en las plantaciones de la Región Autonómica de Murcia; y, cuando, por razones que ni la propia Clara se podría explicar en ese momento, Francisco Aleaga, socio del dueño de la plantación agrícola, le propone un cambio en la rutina de la jornada de trabajo y le escribe una esquela que resume las nuevas funciones: “Usted trabajará lo necesario, decía el final de un memorando, y el resto del horario atenderá labores de oficina. Si bien no era poco eludir un trabajo rudo, desgastante, Clara no manifestó ningún asombro, pero le asaltaron malos presentimientos” (Alvear, 2012, 24).

Los dimes y diretes entre los compatriotas y compañeros de trabajo de Clara Aponte, frente al rápido ascenso e inexplicable cambio de labores, como siempre son implacables y no se hacen esperar. En palabras del narrador omnisciente de la ficción novelesca: “Diversas fueron las emociones: preocupante en sus amistades íntimas, y alentadora en quienes vislumbraron alguna protección, y entre éstos, disputándose juicios malignos, quienes dejaban en soletas la moral de su compañera” (Alvear, 2012, 24). Quienes hablaron mal de la compatriota, ni siquiera repararon en las ayudas que recibían y en los desvelos de Clara para: “conseguirles trabajo a los más nuevos, hacerles menos brutal su extrañamiento, sus primeras adaptaciones, su indefensión ante la maquinaria chauvinista que, en principio, apunta al exterminio moral, al auto desprecio y, en no pocos casos, a la muerte” (Alvear, 2012, 25).

Sin embargo, como se puede verificar páginas más adelante, en la novela de Stalin Alvear, la supuesta mejora laboral en beneficio de Clara Aponte no pasa de ser una deleznable mentira, ya que por su belleza física, que puede generar réditos económicos, es forzada a prostituirse y cuando este hecho está a punto de consumarse, con desesperación y angustia, pide auxilio a su coterráneo Jesús Peñaloza, para que haga hasta lo imposible, en la perspectiva de sacarla del antro de perdición en el que, con seguridad, iba a ser confinada:

Mi situación es difícil suquito, de miedo si se quiere. Vine de Murcia tentada por un trabajo decente y bien pagado, pero todo es misterio y evasivas. En concreto, nadie me puntualiza nada, salvo que comienzo mañana, sin saber dónde ni cómo. Sólo quiero que trates de no perderme los pasos (Alvear, 2012, 81).

 

La prostitución, última y desesperada alternativa de sobrevivencia de algunas emigrantes ecuatorianas.

Entre los múltiples riesgos que asedian a las mujeres emigrantes está el ser víctimas de tráfico o trata asociada a la industria del sexo, práctica que implica: “múltiples delitos contra los derechos humanos de las mujeres a través de la compraventa, extorsión y explotación sexual, su sometimiento a ínfimas condiciones de vida, malnutrición, asistencia sanitaria nula o clandestina, constante miedo físico y psíquico” (Chiariotti, 2003, citado por Camacho, en Solfrini, 2005, 92).

Las ecuatorianas que emigran no están exentas de este tipo de abusos, por parte de las redes ilegales de prostitución, que operan en los países de destino. Es que en  circunstancias extremas, para las que tienen dificultades insalvables para insertarse en el mercado de trabajo que les permita generar los recursos económicos para sobrevivir y ante la imposibilidad de regular su situación en el país de destino, adviene el ejercicio de la prostitución, como una alternativa de sobrevivencia, aciago momento en el que: “(…) algunas mujeres son ´tentadas´ o se ven obligadas a trabajar en la prostitución, sin ninguna garantía ni seguridad de no convertirse en víctimas de la explotación de las mafias que operan en ese campo” (Camacho, en Solfrini, 2005, 94).

Otro riesgo al que se enfrentan las mujeres ecuatorianas emigrantes, por su condición de tales, es ser víctimas de distintas formas de acoso sexual: “por parte de agentes de migración y policía, de coyotes, de intermediarios, dueños de casa y de patrones” (Camacho, en Solfrini, 2005, 94). Y en razón de su ilegalidad tienen que soportarlos en silencio, porque si los denuncian, por retaliación corren el riesgo de ser deportadas de manera inmediata.

Este tipo de problemáticas, como es natural que acontezca, se representan y recrean, literariamente, en las novelas ecuatorianas estudiadas que abordan el fenómeno de la emigración internacional. En Camas calientes se pone de manifiesto que, ante las múltiples dificultades de sobrevivencia, por falta de trabajo y estabilidad laboral, por las que tienen que pasar las mujeres emigrantes, algunas de ellas caen en el fango de la prostitución, del cual les es muy difícil salir, tal es el caso de Rocío Mendoza, una emigrante manabita que trabaja, en este submundo, con el alias de Vanesa, quien para atraer “clientela”, sin importarle para nada los comentarios de los conocidos, se cambia de nombre, de vestimenta, se lanza a las calles de Madrid y por la cantidad de mujeres que se dedicaban a una actividad similar: “(…) se veía obligada por la competencia a usar vestidos cada vez más provocativos: (…) allí perdí la poca vergüenza que aún me quedaba, porque para pescar clientes tenía que pasear por la acera con mis compañeras, sin que me importara quien me viera” (Becerra, 2005, 141-142).

Respecto a esta problemática de las mujeres emigrantes, hay algunos autores que, incluso, sostienen la existencia de una estrecha relación entre el servicio doméstico y el servicio sexual; puesto que ambos pertenecen a la economía sumergida, son precarios, no requieren calificación formal y los suelen realizar las personas con condiciones económicas o sociales desfavorables; adicionalmente: “Muchas son las mujeres que combinan ambos trabajos para salir adelante, o los alternan, o sólo recurren al trabajo sexual de forma ocasional cuando necesitan algún ingreso extra” (Lazo, en Bergalli, 2006, 247).

En relación a esta problemática de la explotación sexual, la autora antes citada sostiene que las mujeres eligen el trabajo sexual como una opción de sobrevivencia, por similares motivos por los que decidieron dejar el país de origen y emigrar: “En general suelen ser las necesidades económicas para mantenerse, ellas y sus familias (…) las que condicionan la necesidad ante la falta de alternativas laborales rentables (…). El trabajo sexual es el peor visto pero el mejor pagado de los trabajos precarios a los que pueden acceder muchas mujeres migrantes” (Lazo, en Bergalli, 2006, 248).

Una situación similar a la teorizada en líneas anteriores se presenta en El sudaca mojado, en cuyo discurso narrativo se evidencian los trabajos denigrantes que deben cumplir las emigrantes ecuatorianas en España: “El trabajo de la mujer consistía en atender al joven Vito y cuando timbraba con insistencia significaba que Lola Placeres tenía que devengar parte de los 700 Euros mensuales que le pagaban, masturbándolo las veces que desee y exija” (Carrión, s.f., 19); en otra parte de esta novela se expresa que: “Lola tenía que asearlo, lavarlo con un paño de agua caliente, cepillarle los dientes y mientras tanto dejarse manosear los glúteos y, a más de darle de comer y la medicina, el denigrante trabajo de masturbarlo” (Carrión, s.f., 33).

Además, la redes de prostitución pululan en las grandes ciudades de destino emigratorio y en una de estas cayó Carmita Correos, quien de similar manera a lo que les acontecía a otras chicas sudamericanas, llevada por la desesperación, la juventud o la ambición de ganar dinero fácil: “(…) se convirtieron en rameras que al comienzo comenzaron prostituyéndose en las famosas barras americanas y luego paseaban las noches a la espera de clientes por las obscuras calles y avenidas de Madrid y otras ciudades de España” (Carrión, s.f., 66).

En esta novela, el testimonio de otra emigrante ecuatoriana ilegal es muy desgarrador, respecto de la forma como fue arrojada al antro de la prostitución:

Conocí a un moro llamado el ´muy maldito´ Ahmed, no sé el apellido pero él se encargó de lanzarme a la prostitución (…) luego no me quedó otro camino que lanzarme a trabajar en la calle compartiendo esta terrible vida con muchas chicas como yo también ilegales por supuesto (Carrión, s.f., 82-83).

Desde la perspectiva de España como país receptor de migrantes, por la condición de indocumentadas, las prostitutas son las más propensas a la deportación: “Y es que las trabajadoras del sexo inmigrantes viven bajo un riesgo permanente de expulsión. El trabajo en la calle las hace mucho más visibles ante la policía, utilizándose (…), la cuestión de la extranjería como justificación para su acoso y dispersión” (Lazo, en Bergalli, 2006, 252). Y no sólo constituye una amenaza sino una realidad; por ello, cuando son descubiertas ejerciendo la prostitución, de manera directa o en forma disimulada, son inmediatamente deportadas sin garantía de defensa ni fórmula de juicio de ninguna naturaleza: “La policía detuvo a docenas de mujeres que resultaron ser ilegales y que se prostituían en aquellos bares camuflados; las ciudadanas detenidas serán deportadas a sus respectivos países y entre ellas, informaron, existen más de una docena de Santa Trinidad” (Carrión, s.f., 102).

De entre las mujeres emigrantes, en los países de destino, las trabajadoras sexuales son las más vulnerables y discriminadas, por una serie de circunstancias que conspiran en su contra: “Los jefes pueden imponer, y lo hacen en muchos casos, condiciones de trabajo abusivas (…) al no existir ninguna regulación que proteja sus derechos laborales. En definitiva, mayor vulnerabilidad ante agresiones, explotaciones y abusos de todo tipo” (Lazo, en Bergalli, 2006, 250). Por ello en el ejercicio de esta denigrante actividad, algunas emigrantes, incluso, han encontrado la muerte violenta y sin motivo aparente o no desarrollado, en la ficción narrativa que presenta el caso: “(…) cuando Carmita Correos se agachó a mirarlo sonreída para negociar el precio no alcanzó ni abrir la boca, pues tan solo pudo mirar el cañón de la pistola y la llama roja incandescente que vomitó la muerte y con la frente perforada por el disparo cayó para atrás sobre la vereda” (Carrión, s.f., 121).

En La memoria y los adioses se advierte que, impelida por la necesidad de generar los recursos económicos requeridos para el sustento, Genoveva, la prima del protagonista de la novela: José Hipólito Medina, se ve obligada a vender su cuerpo, por cuanto lo que ganaba apenas le alcanzaba para sobrevivir y no podía enviar dinero suficiente para la hija que había dejado en Ecuador. En doloridas palabras de Genoveva, a los migrantes les empezaron a exigir los papeles y como ella no los tenía, ni los tiene en el momento de la narración: “Una amiga me trajo acá. Me dije: que sea sólo por un par de semanas, hasta encontrar otra cosa. Pero no fue así (…) En este maldito oficio, una sabe cómo empieza, pero nunca sabe cuándo acaba… porque lo más seguro es que él acabe con una” (Valdano, 2006, 132).

Cuando Clara Aponte, la protagonista de Trashumantes en busca de otra vida, es traicionada por su “amigo” Francisco Aleaga y es secuestrada para que ejerza la prostitución en la capital de España trata de encontrar la forma de hacerlo saber a su amigo y coterráneo, el Suco Peñaloza, para que la salve, y lo hace a través de una carta que envía con uno de los administradores del prostíbulo en donde estaba encerrada, cuyo contenido literal sólo podía entenderlo el confidente amigo de Clara que ya estaba advertido de las presunciones de la emigrante. Por esta razón y para evitar cualquier sospecha y ser rescatada a tiempo, lo hace en los siguientes términos:

Suquito, te escribo con apuro. Estoy desesperada por saludarte. Trae al señor Galán para divertirnos un poco. El sitio es espléndido, digno de un propietario como Francisco Aleaga, el empresario del que te hablé. Me encuentro muy a gusto, pero más lo estuviese si ustedes asomaran pronto. Los recordaré siempre. No se demoren. Clara (Alvear, 2012, 108).

En La seducción de los sudacas, un migrante frente a la necesidad y las circunstancias de poner a salvo la vida, se lía incluso con un conde homosexual, que le daba todo para poder sobrevivir y enviar algunas remesas al Ecuador: “Porque tendré que seguir con Óscar. Él me mantiene, me da pasta para ropa, para los grifos, para mandarle a mi hermana, para el alquiler del Mangosta, para todo. Y me he acostumbrado a vivir así. Mejor dicho, lo más ruin de mí y la migración me han acostumbrado a eso” (Carrión, 2010, 274). Y es que la idea era que esta convivencia fuera muy circunstancial; sin embargo, como argumenta el personaje, no es fácil salir de ella: “Al principio pensé que sería solo hasta que la enfermera dejara de venir y yo hallara un camello; pero no, me he ido quedando un mes, dos y allí sigo. Enmierdado hasta aquí, Doly. Por culpa de la migración o por la mía. Uno se acostumbra a lo peor o la costumbre es uno mismo”  (Carrión, 2010, 279).

En esta novela de Carlos Carrión se denuncia, asimismo que, junto con las agencias de viajes que ayudaban a concretar los proyectos emigratorios de los ecuatorianos, también funcionan verdaderas redes internacionales de tratantes de mujeres, que atrapan a chicas ingenuas para llevarlas a España y una vez allí obligarlas a prostituirse: “Deben ser miembros de las redes de tratantes de blancas de que hablan los diarios cotillas. (…) Tere me envió uno de La Hora que decía necesito cien chicas de buen ver para empleos bien pagados en Madrid y Barcelona” (Carrión, 2010, 387).

Naturalmente que los emigrantes ecuatorianos que viven, consienten o usufructúan de esta actividad no es que estén contentos de la vida que llevan y de la actividad de la que sobreviven, conforme lo pone en evidencia Hernán, un abogado lojano que se arrepiente en lo más profundo de su ser de tener que vivir del trabajo de prostituta de su pareja Sonia, que labora en esta denigrante actividad con el alias de Doly: “Yo, en cambio, vivo de Doly. Soy un parásito, una garrapata, una tenia de cien metros, aunque no quiera saber nada de su pasta. Todo porque este oficio de cabrón me caga vivo y, en lo gilipollas que soy, pienso que lo mejor es buscar un camello, el que sea, como una salvación” (Carrión, 2010, 413).

Prostitución consentida por la pareja o ejercida, de forma directa o velada, que ratifica Carlos Carrión, en una entrevista concedida en el mes de diciembre de 2013, para el diario La hora de Loja, en la cual reafirma que:

(…) hay el caso de un varón que, por las circunstancias, trabaja de acompañante de un noble español (homosexual). Hay maridos que inducen a la pareja a la prostitución, en la calle Valverde. Algunas señoritas, encubiertas en el pretexto que cuidan a ancianos, se acuestan con personas de la tercera edad” (Carrión, 2013).

 

La permanente amenaza del desempleo en la vida de los emigrantes ecuatorianos.

Cuando hay un trabajo, por más humilde, duro, complicado o hasta denigrante que este sea, se pueden generar los ingresos económicos que permitan sobrevivir al emigrante y su familia, en el país de destino y en el de partida; sin embargo, cuando escasea o, en momentos de crisis económica en el país receptor, se vuelve inalcanzable, sobre todo para los migrantes indocumentados, la permanencia se vuelve insoportable y es preferible regresarse al lugar de origen; porque la falta de trabajo que le dé sentido, dignifique la vida y permita obtener los recursos para satisfacer las necesidades básicas precipita al vacío, al abismo, a la desesperación, como se evidencia en El muelle, de Alfredo Pareja Diezcanseco, en donde la tragedia del desempleo y subempleo, atraviesa toda la vida de la pareja conformada por Juan Hidrovo y su esposa María de Socorro Ibáñez, puesto que hasta el final de la historia ficticia se perciben las angustias por las que pasan los personajes protagónicos de la novela:

¡Un mes sin trabajo! Los centavos de Hidrovo no alcanzarían y los víveres subiendo de precio cada día… y el alquiler del cuarto. A la calle, le gritarían, a la calle con todo, con marido sin trabajo y niño de pecho… Los sueños blancos que alguna vez tuvo, la fondita, el negocio propio, ya habían desaparecido (Pareja, 2003, 227).

Y en estos momentos de extrema dificultad, por falta de trabajo remunerado, es cuando los oportunistas se lucran con la necesidad de los emigrantes, tal como les acontece a las ecuatorianas que permanecen como “ilegales” en España, quienes por la angustia de no poder encontrar trabajo, por sí mismas, se ven obligadas a pagar parte del sueldo mensual a quienes hacían de intermediarios en la consecución del tan ansiado trabajo, aunque sea el más humilde:

(…) pagué a unos ´contactos´ para que me consigan trabajo aquí en Valencia (…) se encargan de conseguir trabajo a la gente y se les paga una mensualidad de lo que uno gana… es mejor eso que no tener trabajo ¿verdad?, aquí si no trabajas te mueres de hambre o… a la putería… y en eso no caeré. Te lo prometo amigo mío (Carrión, s.f., 101).

La realidad es que por más complicados y hasta humillantes que parezcan los trabajos domésticos que los emigrantes ecuatorianos tienen que desempeñar, aunque fueran profesionales universitarios titulados, siempre son preferibles a no tener ninguno, porque entonces, si se tiene que aprender a vivir de la mendicidad,  como le acontece a Lucy, que pierde el trabajo por haber viajado al Ecuador y se ve obligada a tener que alimentarse en un albergue para mendigos: “Tomo la sopa y guardo la mitad del segundo para la cena en una tarrina de plástico y con la fruta y el pan que le pido a la monjita de la puerta desayuno al día siguiente (…) Vivo como quien dice de mendiga, joder” (Carrión, 2013, 95).

Y esta vida mendicante, para una emigrante que aún mantienen un elemental sentido de dignidad humana considera que no es vida; puesto que: “Aunque aquí en Martínez Campo, 18, me zampo almuerzos de reina; pero, claro, nadie viene a España por comer de caridad, aunque coma maravillas. Y me dan ganas de llorar y lloro. Sin que me insulte nadie, no te jode. Solo porque esta vida no es vida, solo” (Carrión, 2013, 109).


CONCLUSIONES

En el discurso narrativo de las novelas ecuatorianas que abordan el fenómeno sociológico de la emigración internacional, uno de los aspectos que ameritan una representación y recreación literaria bien detallada es el de los trabajos de los emigrantes en el país de destino, los cuales casi siempre se encuentran ubicados en la escala más baja de la distribución social y jerarquizada de los mismos, ya que aunque los emigrantes ecuatorianos tengan estudios superiores y hasta títulos profesionales obtenidos en las universidades del Ecuador, así como los papeles en regla, solo obtienen empleo en unas pocas actividades, preferentemente del sector secundario de la economía del Estado de recepción.

Lo más dramático se presenta para algunas mujeres emigrantes indocumentadas, quienes por su indefensión, alta vulnerabilidad e insalvables dificultades para insertarse en el mercado laboral de los Estados nacionales de destino, que les permita generar los recursos económicos indispensables para la satisfacción de las necesidades básicas, de sí mismas y de los familiares que dependen de ellas, sean en el país de origen o en el destino, se ven impelidas al ejercicio de la prostitución, como última y desesperada alternativa de sobrevivencia.

En las novelas analizadas, está recreada, asimismo, la permanente amenaza del desempleo, que afecta a los trabajadores emigrantes provenientes del Ecuador, más que a los nativos del Estado nacional receptor; puesto que para quienes han emigrado con la intención de mejorar su situación económica, la falta de trabajo significa la pérdida de una razón que le dé sentido, dignifique la vida y permita obtener los recursos para satisfacer las necesidades básicas, situación límite que los precipita a la mendicidad, al vacío, al abismo y a la desesperación.


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